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En un camión pasajero…

Comienza así la canción de Miguel y Miguel, dúo de música folklórica Mexicana. Hace un par de días viajé a San Luis Sonora, mi pueblo natal, a dejar mi Jeep ya que un amigo de mi hermano me lo va a pintar y «remodelar» y por consecuencia tuve que regresarme a Tijuana en camión lo cual me trajo algunos recuerdos, particularmente buenos de mi adolescencia y la aventura del viaje de «mochilazo» cuando se tienen más ganas que dinero.

No recuerdo cuando había sido la última vez que había tenido que transportarme en camión. Tengo carro desde hace ya bastante tiempo así que, salvo un año y medio que estuve sin carro aquí en Tijuana cuando recién llegué, me he movido regularmente en mi propio vehículo (o en avión) a otras ciudades.

Pero cuando adolecía de experiencia y de dinero, moverme en camiones era lo mío. Tuve algún «amor de verano» cuando estaba en CDMX en mi pubertad que iba a visitar a Acapulco y lo hacía moviendome en camión ya que no manejaba (ni tenía carro propio) y mi primer novia «formal» vivía en Mexicali, cuando ya estaba de vuelta viviendo en San Luis, a la cual trataba de visitar cada fin de semana. Con 300 pesos en la bolsa me tenía que alcanzar para el viaje de ida y vuelta y «salir». Cuando se tienen más ganas y voluntad que otra cosa pues.

Mi siguiente relación, y con quien me casé, no fue diferente; ella vivía aquí en Tijuana, aunque nos conocimos en San Luis, así que procuraba venir a verla. No se si me gustaban los amores de lejos o simplemente fue circunstancial. No había camiones «directos» a Tijuana así que todos llegaban a Mexicali, con su reglamentaria parada en la colonia «Progreso» donde el chofer grita «Los tacos» avisando a los pasajeros quien quiera bajarse a comer. No es parte del protocolo, pero es una tradición al parecer de esa ruta.

Y es que mientras realicé ese viaje se vinieron momentos muy memorables de mi vida donde siempre viajaba con emoción de ver a mi novia en turno pero además, de todas las aventuras que pasé e historias que escuché de otros pasajeros mientras realicé esos viajes, como en este último donde quien se decía entrenador de box, de unos 50 y tantos años, platicaba con su compañero de asiento que venía de Mazatlan Sinaloa y que allá no usaban máscaras para el COVID y que todos estaban bien, felices y escuchado banda.

Lo más irónico del asunto es que en repetidas veces he sido señalado de renegar de mi naturaleza porque no soy fan de la música norteña ni de banda pero, a pesar de eso, puedo sentirme identificado con esta famosa canción, probablemente más que quienes la cantan por puro «cotorreo» pero en su vida han pisado una central de autobuses. Y nó, el camioncito que va a Disney no cuenta.

Publicado enPersonal

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